Durante el año 2020 la pandemia por Covid-19 se instaló en nuestra cotidianeidad, transformando repentinamente la forma de habitar el mundo, y casi sin preámbulos nuevas significaciones poblaron la vida tanto de adultos como de niños/as. Un virus que venía de un país lejano imponía medidas drásticas porque si bien no se sabía cómo atenuarlo, se anticiparon consecuencias letales para la población, razón por la cual se determinó el aislamiento y el distanciamiento social preventivo y obligatorio. De forma imprevista las coordenadas temporo-espaciales de la realidad se vieron transformadas, la presencialidad dio paso a la virtualidad y los psicólogos y psicoanalistas nos vimos en la necesidad de resolver la implementación de cambios que transformaron el encuadre clásico de trabajo. Sabemos de las ventajas sanitarias de las medidas a las que el virus nos obligó, pero ¿qué consecuencias psíquicas ocasionaron en la población? ¿Qué impacto tuvieron en la subjetividad y en las formas de expresión del padecimiento psíquico que comenzamos a observar particularmente en las infancias durante la pandemia? Nos proponemos reflexionar, en este capítulo, respecto de los efectos del aislamiento, en tanto que medida de distanciamiento físico permitió visibilizar y aproximarnos a situaciones habitualmente sólo supuestas. La reconfiguración espacial del dispositivo analítico y su puesta en marcha a través de pantallas nos enfrentó a escenarios hasta entonces mayormente imaginados. Cuando los analistas comenzamos a acceder a los espacios domésticos de nuestros pacientes, en la medida en que asumimos la posibilidad de servirnos del recurso de la virtualidad en las consultas, nuestra observación clínica se topó con nuevos escenarios. Los desafíos de lo inédito nos invitaron a replantear y a reconfigurar nuestro dispositivo, el lugar de la conectividad, el uso del juego a través de la pantalla y el rol del analista mismo.