No resultó nada fácil domar a ese individuo anárquico, empleando la feliz expresión de Manfredo Tafuri, "acontecimiento” inicialmente excepcional que es el rascacielos en su formulación originaria, cuyo nacimiento tanto entusiasmo historiográfico alcanzó. (Ciedion, 1941), (Benévolo, 1963). (Condit, 1964.) El sentido del verbo domar lo empleo en el sentido de someter el diseño del rascacielos a los principios disciplinares que regían la producción teórico-practica de los proyectos de arquitectura (Lucan, 2024). En el caso de Francia, la aceptación disciplinar fue solo a regañadientes y en carácter de excepción. En efecto, se deploraba aquello que era corriente en los Estados Unidos: que las fuerzas económicas fuesen el estímulo y rigieran crudamente el proyecto del edificio y la imagen urbana resultante, dejando para la expresión artística un estrecho margen de libertad. Sin embargo, las presiones para aceptar el rascacielos no dejaban de manifestarse, habida cuenta de contar con los medios técnicos que habían posibilitado el desafió de la torre Eiffel. (Fitz, 1907) La École des Beaux-Arts parisina introdujo el sujeto del rascacielos en 1891 a través de un concurso denominado Prix de reconnaissance des architectes américains. El programa se titulaba Une maison à un nombre considérable d'étages. (U.A., 1892) y (Deperthes, Beaux-Arts de París). Más allá de la reticencia de la École en favorecer al rascacielos como programa de los concursos escolares, los arquitectos norteamericanos formados en aquella institución aplicarían al regresar a su país aplicarían creativamente al rascacielos los valores y criterios de la cultura beaux-arts (Carlhian & Ellis, 2014). Podemos concluir que poco después de iniciado el siglo XX, el edificio en altura en Francia no atraía a los arquitectos hasta que Auguste Perret y Le Corbusier no lo instalaran el mismo año de 1922: el primero como piezas a emplazar sobre el último enceinte de París y el segundo como parte de su propuesta de Ville Contemporaine.