La sociedad internacional contemporánea ha ingresado en una fase avanzada de imperialismo sistémico, no articulado ya en torno a un imperio nacional clásico, sino encarnado en un entramado global de poder económico, tecnológico y militar que se manifiesta a través de redes multinacionales (también lo es la OTAN), alianzas estratégicas selectivas, corporaciones transnacionales y plataformas digitales. Este sistema, movido por la lógica combinada del algoritmo y la ganancia, impone sus reglas sin apenas hallar resistencia estructural, erosionando tanto la soberanía estatal como los principios fundantes del derecho internacional. La guerra en Ucrania, el estancamiento crónico del conflicto palestino-israelí, el silencio cómplice ante las atrocidades en Yemen o Sudán o Congo, la manipulación del derecho humanitario en escenarios como Siria o Gaza, y la cooptación discursiva de los derechos humanos por potencias que los violan con sistematicidad, configuran un orden internacional donde ya no rige el derecho sino el cálculo: la fuerza, el capital y la geoestrategia dictan las condiciones, desplazando los valores normativos que alguna vez se aspiró a universalizar.
La solidaridad (aunque prefiero el término caridad) no es solamente una categoría jurídica; es, ante todo, un imperativo ético. La empatía, capacidad radical de ponerse en el lugar de otro, nos constituye como humanos con humanidad. Sin lazos afectivos entre sujetos vivos, ningún orden normativo podrá sostenerse ni imaginarse como justo, o, al menos, como protector de los colectivos más vulnerables.
En este contexto, el individualismo imperante: cultivado como forma de subjetividad funcional al orden neoliberal, debilita la posibilidad misma de construir un proyecto colectivo emancipador. La primacía del yo sobre el nosotros, del interés sobre el vínculo, favorece la aceptación pasiva de un orden profundamente injusto. Recordemos que la colonización no solo oprime cuerpos, sino que configura subjetividades alienadas; es decir, el colonialismo no ha desaparecido, se ha transformado. Hoy opera de forma sistémica, disfrazado de normalidad globalizada, y penetra incluso los modos en que nos pensamos a nosotros mismos.
En este panorama, la pregunta no puede sino brotar con crudeza: ¿estamos condenados a la pasividad? ¿Debemos seguir delegando en una Europa dividida y vacilante la defensa de los principios que habrían de sostener un orden internacional justo? ¿Acaso debemos resignarnos al retorno de una lógica bipolar, con Estados Unidos y China como polos rivales, que legitima la rivalidad permanente y militariza la política global bajo la coartada de la seguridad?