En los últimos años, el sistema internacional se ha caracterizado por una creciente inestabilidad geopolítica. La guerra ruso-ucraniana, el fortalecimiento de las alianzas militares como la OTAN, y la agudización de los conflictos en Medio Oriente han contribuido a reposicionar la seguridad y la defensa como ejes centrales en las agendas de política exterior de numerosos Estados. En este contexto, se han multiplicado los anuncios de incrementos presupuestarios en defensa, la modernización de capacidades militares y el endurecimiento de las posiciones diplomáticas. Esta tendencia refleja una dinámica más amplia de securitización de la política internacional, donde temas y regiones previamente abordados desde una lógica cooperativa -como el desarrollo sustentable, la diplomacia científica o la protección ambiental- comienzan a verse desplazados por preocupaciones vinculadas al hard power.
Este giro puede tener consecuencias significativas para la agenda ambiental global, ya que la atención política, los recursos financieros y la voluntad diplomática tienden a concentrarse en la contención estratégica más que en la gobernanza ambiental. El presente artículo busca analizar esta progresión hacia una agenda de política exterior más securitizada a partir del caso de Canadá, observando la evolución de su política exterior ártica bajo la administración del primer ministro Justin Trudeau, entre 2015 y 2025. Se presenta cómo una agenda inicialmente marcada por el compromiso ambiental y el multilateralismo fue dando paso a una lógica más centrada en la seguridad nacional, la proyección militar y la competencia entre Estados. El objetivo es poner en evidencia los riesgos que este cambio implica para la gobernanza ambiental en el Ártico y, por extensión, para el equilibrio climático global.