Desde una perspectiva técnica, en la imagen audiovisual no hay movimiento real, sino una serie finita de imágenes fijas cuya unidad mínima es el fotograma. La ilusión de movimiento se consigue a partir de la reproducción de esas imágenes a una determinada frecuencia, medida en fotogramas por segundo (fps), a la cual llamamos cadencia de cuadro. Los pioneros del cine aprovecharon este fenómeno perceptual para la invención de la cámara cinematográfica, a fines del S. XIX, produciendo dispositivos que filmaban con una cadencia de 15 o 16fps. Las cadencias utilizadas en un comienzo eran variables, hasta que, a finales de la década de 1920, con la irrupción del cine sonoro, comenzó a estandarizarse la cadencia de 24fps, que sigue siendo un estándar importante aún hoy. Mantener una cadencia estándar fija en la grabación y reproducción se volvió fundamental para garantizar que el registro de sonido sincronice correctamente con la imagen. Cuanto mayor sea la cadencia de cuadro, más cantidad de fotogramas conformarán cada segundo de video, y por lo tanto mayor será la resolución temporal. Por ejemplo: un video grabado a 100fps contiene cuatro veces más fotogramas que uno de igual duración realizado a 25fps. Al reproducirlos en su cadencia original, el movimiento del primero estará representado con mayor cantidad de información y, por lo tanto, se percibirá de forma más fluida.