La transición energética ya no es una discusión futura sino una realidad en marcha. En este escenario, la energía solar fotovoltaica se ha consolidado como una de las principales alternativas para diversificar la matriz energética y reducir emisiones. Su crecimiento sostenido a nivel global —impulsado por avances tecnológicos y una creciente demanda de fuentes más eficientes— también se refleja en la Argentina, donde la capacidad instalada ha aumentado de manera significativa en los últimos años.
Sin embargo, como ocurre con todo proceso de desarrollo tecnológico, este avance trae consigo nuevos desafíos. Los paneles solares, cuya vida útil promedio se sitúa entre los 25 y 30 años, comenzarán a generar en las próximas décadas un volumen considerable de residuos. Proyecciones internacionales estiman que hacia 2050 podrían acumularse decenas de millones de toneladas de módulos fotovoltaicos fuera de servicio.La pregunta, entonces, deja de ser únicamente cómo generar energía, para pasar a ser también cómo gestionar de manera inteligente los materiales que hacen posible esa generación.