El 16 de octubre de 1936, en su notable columna sobre autores extranjeros de la revista para mujeres El Hogar, Jorge Luis Borges ensaya una reflexión sobre un libro que acaba de salir: La Enciclopedia francesa. Este libro no es innovador para Borges por lo copioso y lo abarcador; de hecho, y tal como él mismo lo aclara, existe una enciclopedia china de una exhaustividad enorme, sin precedentes: "mil seiscientos veintiocho tomos de doscientas páginas en octavo cada uno” (Borges, 1996, p. 214). Su novedad más "feliz” reside, en cambio, según Borges, en que "las hojas de esta Enciclopédie […] se pueden desprender y reemplazar, periódicamente, por otras nuevas, que los suscriptores recibirán” (p. 214). Es decir, la novedad reside en cierta reescritura de lo existente, en el intercambio de lo que ya está que renovaría su potencia, su originalidad y la volvería, de algún modo –esto lo agrego yo–, un libro-enciclopedia-biblioteca, o un infinito donde todo podría estar allí contenido. De ahí la maravilla de esta cita tan breve de Borges que tiene implícito, de forma embrionaria, mucho del propio Borges.