La emergencia sanitaria del COVID-19 en 2020 obligó a los gobiernos a adoptar medidas como el aislamiento, afectando directamente a las instituciones educativas, que tuvieron que cerrar y ofrecer servicios educativos a distancia (Lokshyna & Topuzov, 2021; Yunus et al., 2023). Sin capacitación previa en Tecnologías de la Información y Comunicación (TIC), las autoridades educativas y los docentes implementaron rápidamente clases no presenciales, aprendiendo sobre la marcha (Lokshyna & Topuzov, 2021). Estas estrategias de emergencia surgieron para enfrentar un evento inesperado. Además de garantizar la continuidad del aprendizaje, los docentes y autoridades debieron manejar el estrés y la angustia derivados del aislamiento (Meléndez-Armenta, 2023; McDevitt, 2021; Tekin-Iftar et al., 2021). Con la falta de infraestructura, se utilizaron recursos disponibles, como tutorías y encuentros sincrónicos y asincrónicos, para mantener a los estudiantes conectados y evitar la deserción (Chan et al., 2020; Pittman et al., 2020). La rápida adaptación incluyó la asignación de fondos adicionales, reformas curriculares y la adopción de modelos educativos flexibles mediados por TIC (Angrist et al., 2021). No obstante, los sistemas educativos no estaban preparados para una crisis de tal magnitud, lo que obligó a una adaptación apresurada (Angrist et al., 2021). A pesar de los esfuerzos, es crucial analizar las dificultades encontradas para mejorar la preparación del sistema educativo ante futuras crisis. Este estudio analiza las estrategias educativas durante la emergencia del COVID-19, enfocándose en las respuestas inmediatas de autoridades y docentes, los cambios en sus roles, y las barreras infraestructurales y tecnológicas que influyeron en la efectividad de estas estrategias. Las lecciones aprendidas influirán en el diseño y evaluación de políticas públicas educativas, promoviendo infraestructuras resilientes y flexibles para asegurar la continuidad del aprendizaje en cualquier circunstancia.