"Hablo poco porque primero lo pienso en guaraní” la breve oración de P. fue precipitada en el vacío, en el traspatio del método. Si Britzman (2001) nos ha advertido acerca de la importancia de hurgar en los deshechos del saber instituido, la frase que escuché ese día fue el hallazgo de un fruto espinoso, pero complementamente imprescindible.
La escena transcurre en el Grupo para varones que ejercen violencia de género45 en la DPG de la ciudad de Mar del Plata. P. es un varón joven que asistía al dispositivo hace unas pocas semanas, él vive en la ciudad hace algunos años es nacido en Paraguay y ha llegado a la ciudad luego de vivir un tiempo en algunas localidades del Gran Buenos Aires. En un sentido operativo nos podemos comunicar, pero más allá de esa acotada competencia de las palabras para resolver la instrumentalidad, hay un universo inmenso de sentido, donde las formas más complejas y sutiles hacen posibles expresarnos y comunicarnos con otres, las ideas el sútil matiz de las emociones, nuestra cosmovisión y su comprensión global se configura y se recrea en nuestra propia lengua, sólo en aquella que pensamos y sentimos. Un espacio de reflexión, en este caso sobre la masculinidad y la violencia, cuyo instrumento es la palabra, paradójicamente no había problematizado nunca este aspecto.