Diversos estudios en antropología y filosofía de la historia refieren al hecho de cómo las sociedades crean memoria a partir de sus significados y significantes, ocupando los vacíos, llenando las ausencias y transformando el dolor por la pérdida en motivos que inviten a sanar por diversos caminos donde la generación de lazos tenga un rol preponderante.
En las representaciones icónicas, Benjamin sostiene que "la verdadera imagen del pasado se escabulle. El pasado sólo puede atraparse como una imagen que se enciende en el momento que puede ser reconocida y que nunca más se hace visible” (Benjamin, Sobre el Concepto de Historia, apartado V, 2012, en Leal, V., 2015).
Las imágenes o los objetos operan como sustitutos para reconocer el trauma, convirtiéndolo en palabra y a partir de ella construyendo sentidos que permitan identificar la falta de equilibrio entre los desencuentros que genera el deseo de una aspiración con su imposibilidad de concreción. Es decir que, por ejemplo, a partir de las fotografías de personas ausentes puede ser posible darles entidad de otra manera, y ese pasaje en el que interactúan imagen-recuerdopalabra da paso a nuevas chances de realización.
En consecuencia, habría una semejanza entre la filosofía, la memoria y el psicoanálisis. La reproducción masiva de imágenes, en tanto logra viralizarse por medios como los dispositivos digitales, opera como una doctrina de shock, capaz de permanecer en los sujetos gracias a un proceso de incesante repetición que se acumula.
Benjamin (2013) piensa que gracias a la fotografía "percibimos ese inconciente óptico, igual que sólo gracias al psicoanálisis percibimos el inconciente pulsional”.
Originalmente y desde los primeros siglos de la actual era, las bibliotecas fueron pensadas como reservorios de la humanidad para dar cuenta de las historias y culturas de diversas comunidades.
Entre todas estas disquisiciones aparece la Biblioteca Del otro lado del árbol, el proyecto comunitario, colectivo, cultural y popular, surgido en el espacio del Parque Saavedra de La Plata como homenaje a Pilar, una niña que a sus 5 años de edad falleció por una enfermedad terminal en 2011 pero que se ha convertido en una bandera de los derechos de las infancias.
Al considerar el lugar, se advierte que es un ámbito rupturista y de vanguardia que desestructura las convenciones sobre lo que comúnmente se asocia al mundo de las bibliotecas: es un patio abierto, rodeado de árboles, con juegos y espectáculos para que niños y niñas se diviertan, jueguen, aprendan y salgan al encuentro de sus otredades.
Por otra parte, la icónica presencia de Pilar le otorga un halo teleológico a la iniciativa: en ella convive una máxima según la cual todas las personas son en definitiva una sola. La infancia no tiene conciencia de esa realidad pero sí la adultez, cuando logra emancipar su mirada a partir de una reflexión que aparece en espejo, proyectando el pasado en un presente y asistiendo a la niñez que alguna vez transitó.