Dirigir instituciones educativas hoy representa un reto probablemente descomunal. No es in-tensión de este texto aportar dramatismo a la ya acuciante realidad social, cultural y política que atraviesa nuestra sociedad y muchas de otras sociedades en nuestro planeta.
Justamente, la educación escolar es un fenómeno planetario. Cada día, más de 1.000 millones de niños y niñas van a la escuela en todo el mundo, según UNICEF. Sin embargo, muchos niños y niñas aún no tienen acceso a la educación. Datos recientes de la UNESCO muestran que el número de niños sin escolarizar a escala mundial ha aumentado en 6 millones desde 2021 y asciende ahora a 250 millones. Es decir, que entrados en el siglo XXI el objetivo de la univer-salización de la educación está lejos de cumplirse.
Son muchas las razones que podrían esgrimirse para explicar este fenómeno de desescola-rización: las desigualdades sociales, crisis ambientales, guerras, epidemias podemos sumar en-tre las muchas causas que concurren en la deserción escolar. No obstante, también podría de-cirse que los estados nacionales hacen esfuerzos diferentes para lograr mayor inclusión de las infancias y las juventudes en el sistema escolar. Pero lo cierto es que la falta de asistencia a la escuela provoca alguna de las desigualdades más persistentes en nuestro mundo.