Por lo general, definir algo (un hecho, una actividad, un objeto, una persona) resulta siempre una empresa esquiva, multívoca, inabarcable. ¿No habría, en todo ensayo de definición, condiciones de un deber ser que necesite ser completado y rectificado sin cese? ¿Podríamos incluso considerar que en toda descripción (por más descriptiva y objetiva que se pretenda) se establecería una prescripción implícita sobre las cualidades de aquello que se estaría nombrando? Entre el nombre y la cosa, "nos resulta indeciblemente más importante cómo se llaman las cosas que lo que son” (Nietzsche, 2011, p. 118), puesto que toda nominación comporta imperativos acerca de cómo es la cosa, el hecho o la persona. Es decir que todo significante normativiza el significado de lo que se ha construido en tanto objeto. En este sentido, a contramano de la poesía, quizás el trabajo social deba construir y contextualizar los términos que producen ciertos efectos de verdad en el modo de intervenir sobre los hechos. ¿No comportaría, pues, toda intervención por parte de un trabajador social un ensayo de definición solapada del trabajo social? Quizás en este caso "lo que falta no es una definición, sino un reconocimiento de definición” (Karsz, 2007, p. 22), asumir que se ejerce una definición, acaso inconscientemente, en el transcurso de la misma práctica interventora. Si todo intento por definir "es olvidar diferencias, generalizar, abstraer” (Borges, 2006, p. 524), toda conceptualización es también un modo de sesgar, y una empresa inagotable, que necesita ser revisada y rectificada cada tanto, puesto que cualquiera sea la definición que se asuma, se "acarrean consecuencias materiales”, las cuales pueden dificultar o desorientar la intervención del profesional (cfr. Karsz, 2007, p. 23). De ahí que la preocupación por conceptualizar al trabajo social implique interrogantes a definiciones que en las inmediatas intervenciones se dan por presupuestas y acaso se encuentren arraigadas desde antaño, y que entonces no todos están dispuestos a considerar: "no siempre hay interés en saber” (Karsz, 2007, p. 24); siendo que además en muchos casos "cada cual comprende no lo que quiere, sino lo que puede (Pessolano, 2013, p. 152; Karsz, 2007, p. 188)”. Y es entonces que podemos visualizar dos maneras de concebir al trabajo social que remiten a dos posicionamientos que aparecen históricamente enfrentados al interior de la epistemología francesa: por un lado, la concepción humanista o ciencia del hombre; por el otro lado, más cerca del estructuralismo, las ciencias sociales. Ahora bien, no quisiéramos caer en la empresa fácil de considerar a una de las dos posiciones como erróneas o desacertadas, sino como dos maneras de entender al trabajo social que han posibilitado, cada una en su momento, un modo de apreciación de la realidad social que las circundaba; dos formas de entender al trabajo social que aún persisten en un "presente candente” (Foucault; 1992, p. 175). ¿Cuál sería la verdad que sostiene, ampara y configura a cada una de estas posiciones epistémicas al momento de conceptualizar la intervención del trabajo social?