Desde sus orígenes, la letra y la página han mantenido una relación simbiótica que ha determinado la manera en que las ideas se capturan, preservan y comunican a lo largo del tiempo. Las letras, como herramientas para codificar el lenguaje, emergieron como una "tecnología" revolucionaria que permitió el crecimiento de las civilizaciones al facilitar la comunicación compleja y la transmisión de conocimiento. Sin embargo, estas letras, por sí solas, no habrían sobrevivido al paso del tiempo sin la existencia de soportes donde representarse.
La página escrita, en sus múltiples formas, ha sido mucho más que un mero contenedor de signos. Ha evolucionado como un espacio estructurado que, a lo largo de la historia, ha condicionado el diseño y la organización de las letras. Desde las tabletas de arcilla en la antigua Mesopotamia hasta los pergaminos de la Edad Media, y de las imprentas de la modernidad a las pantallas digitales del presente, los soportes han influido de manera decisiva en la forma y disposición de los caracteres. Esta coevolución ha permitido no solo la preservación del conocimiento, sino también la evolución de la misma escritura y sus posibilidades de representación.