La ciudad de Tandil, Provincia de Buenos Aires, ha sido y es una de las tantas víctimas de las prácticas extractivas que se han consolidado a lo largo de los años en la República Argentina, especialmente durante la presidencia de Carlos Menem (1989-1999) quien mediante un discurso desarrollista, consideraba que la manera más eficiente por la cual nuestro país podría alcanzar el desarrollo era a través de la explotación de los - que desde el Estado de consideran - recursos naturales. Siguiendo a Gomez-Lende (2019) se puede entender al extractivismo como un modelo de acumulación basado en la explotación intensiva de los bienes comunes naturales a un ritmo incompatible con los tiempos de reposición de la naturaleza y la conversión de los mismos en mercancías. Este paradigma es naturalmente antagónico a la valoración social de las sierras que realizan los habitantes locales, quienes se apropian de ellas de una forma simbólica, a través de prácticas culturales y sustentables (Haesbaert, 2013). El crecimiento abrupto de los proyectos mineros para la explotación de rocas de aplicación en la década de los 90 generó recelo en los pobladores locales, surgiendo así movilizaciones sociales y organizaciones comunitarias como la Asamblea para la Preservación de las Sierras de Tandil.