La historia antigua nos ha regalado las huellas de las primeras expresiones rupestres plasmadas en piedras. En el caso de Los Antiguos, en el valle del Río Pinturas (provincia de Santa Cruz, Argentina), las cuevas de manos se alzan como estandartes de civilizaciones que, en el afán por comunicarse mediante pigmentos, nos hicieron cómplices de su cosmovisión, sus fortalezas, su identidad. Es en estos descubrimientos arqueológicos que, a través de escenas de cazadores, del uso del color y de la impresión de siluetas de manos, comprendemos un poco más nuestro temperamento cultural y de comunidad. Estos habitantes primitivos eligieron intervenir las cuevas que utilizaban para rituales sagrados, construyendo nuevos espacios espirituales alejados de la erosión natural. Sabían que sus impresiones tendrían mas posibilidades de perdurar en el tiempo. ¿Por qué esta comunicación (principalmente visual) debía trascender en el tiempo? ¿Que nos moviliza a imprimir en los muros historias que refuerzan nuestra condición de Ser humanos? Vivimos en la hipnótica contradicción de lo efímero y lo concreto, entre excesos y sobrecarga de información se dispara en nuestra mente la consecuencia inevitable de la incomprensión. La digitalidad y las pantallas lo invaden todo, sin embargo, los muros cada vez mas pintados se presentan como un oasis de realidad, tangibles, quietos y verdaderos. En ellos encontramos un momento de contemplación, y si el tiempo se detiene es porque también resiste.