John Constable se halló en las llanuras cercanas a Salisbury en uno de los momentos más lúgubres de su vida. Tan solo dos años después de pintar el paisaje de Stonehenge, Constable fallecería en su estudio en Hampstead, habiendo sobrellevado la pérdida de su esposa, Maria, y de su amigo cercano, John Fisher, en los años anteriores. Aunque ya había sido admitido como miembro de la Royal Academy, el éxito profesional se ve opacado en esta etapa de duelo. El periodo de producción previo a su muerte, se evidencia marcado por este luto. Los lienzos pintados por Constable en esos años, son obras donde el paisaje no sólo concreta la ominosidad de la naturaleza, sino también encarnan el sentimiento de inevitabilidad que implica el paso del tiempo. La ruina esboza esto en la acuarela de 1835, pero hay otro aspecto disparador en esta obra si se ahonda no sólo en la parte práctica del proceso artístico del pintor inglés, sino también en la constante investigación que rodeaba cada movimiento y motivo. Los cielos son el campo en que se moverá, y el arcoíris, especialmente el doble arcoíris, el insólito fenómeno que veremos presente en muchas obras realizadas en estos últimos años. El poder interpretativo de este excepcional motivo meteorológico transforma completamente el análisis de Stonehenge. Así como el historiador francés Daniel Arasse (2008) propone en su obra una historia cercana de la pintura, este ensayo se propone utilizar este fenómeno óptico que tanto interesaba a Constable como eje central que guiará todo el resto del análisis. Para la década de 1830, la obra de Constable ya había logrado una cierta regularidad en el reconocimiento de la crítica y también se vendía con éxito en los salones. Solo en este punto, después de superar el notoriamente largo proceso para alcanzar el éxito en la academia, y de haber comenzado sus famosos six-footers1, que le brindaron estabilidad económica, Constable se siente dispuesto a emprender nuevas búsquedas, ahondando en la complejidad del paisaje y la diversidad de temas y motivos que este esconde tras su fachada simplista. Este momento de inflexión y de concentración en los distintos aspectos del paisaje en su carrera puede verse relacionado en gran medida con el choque entre el mundo rural y los avances modernos, como por instancia la construcción del muelle en Brighton, donde vive desde 1824 y durante la última década de su vida. Estos desarrollos implicaban ciertos sentimientos encontrados para el artista, ya que encontraba los paisajes solemnes a los que estaba acostumbrado abrumados por la colisión de los avances urbanos, invadiendo incluso los lugares a los que solía escapar. En este contexto de agobio y en el marco de la obra de sus últimos años, el cielo podría haber implicado para Constable la última instancia de refugio ante el inexorable y agresivo progreso que se llevaba consigo todo lo que este consideraba propio. El cielo, lo mismo podría decirse de la ruina, siempre sería el cielo. Este, aún en su eterno cambio, era independiente a cualquier acción humana, realmente intocable, inmanipulable.