En mayo de 2021 entrevisté a Omar Sánchez (1955-2023), director y dramaturgo platense, a treinta y dos años del estreno de Tragedia de una familia guaranga (1989), obra con la que su grupo Malajunta inauguró la Sala B del Pasaje Dardo Rocha. Sánchez definió aquella experiencia con una palabra que atravesaría toda la conversación: encuentro. "Tragedia fue la posibilidad de un encuentro muy grande –me dijo–. Se juntó un espacio físico interesante, un grupo de actores interesantes, un público interesante y una obra que fue el vehículo de ese encuentro.” Esa insistencia en el encuentro nos sitúa ante un problema central: ¿qué clase de memoria produce una obra teatral? No se trata de la memoria como depósito o archivo institucional, sino de una memoria que se activa en el presente a través de restos, gestos y repeticiones. Como señalan María Fernanda Pinta e Irina Garbatzky (2018), el tiempo del teatro se acerca al de un "tiempo perdido” –toda reconstrucción de su objeto implica una proliferación de discursos y dispositivos que lo narran o registran, sabiendo desde el inicio que su temporalidad es la del diferimiento, esto es un presente efímero que se repite en cada puesta o se reconstruye mediante una narrativa singular. La obra de Sánchez no representa el pasado: lo reconfigura a través de gestos, objetos y repeticiones que producen en el espectador una experiencia de conciencia autonotética –esa sensación de "viajar en el tiempo mentalmente” que Tulving (1999) considera exclusiva de la memoria episódica. Propongo leer Tragedia como un dispositivo de reconfiguración del pasado. Para cumplir dicho objetivo es que articularé tres registros: fragmentos de la entrevista, el texto dramático resultante de su trabajo de inscripción con los actores, y conceptos provenientes de la psicología de la memoria autobiográfica (Ruiz-Vargas), las poéticas del resto (López), la teoría de lo siniestro (Freud, Molpeceres) y la noción de lo raro y lo espeluznante (Fisher).