En toda creación artística, hay tres etapas: la inspiración, el trabajo, la obra terminada. En el terrible siglo XX, un siglo de investigación y velocidad, el énfasis está en la segunda etapa. La mayoría de los músicos de hoy niegan la inspiración, la consideran romántica y pasada de moda. Y en toda la historia de la música, miles de obras, buenas o malas, útiles o inútiles, ¿cuántas obras podemos encontrar, en el pleno sentido de la palabra? Por lo tanto, debemos rendir homenaje a las verdaderas obras maestras. Sin olvidar que son el resultado de un inmenso trabajo y técnica, ambos puestos al servicio de la inspiración. Considerar la inspiración no como una iluminación repentina y única, no como un delirio más o menos salvaje, sino como un sueño, un sueño que indica, precisa, apoya, completa y prolonga la técnica... Otro error que cometen los músicos es dar importancia exclusiva a los fenómenos sonoros. Sin duda, un músico tan irreflexivo podría parafrasear la carta de Mallarmé a Degas: "La poesía se hace con palabras”, y decir: "La música se hace con sonidos”. ¡Digo que no! La música no sólo se hace con sonidos... también se hace con intensidades y densidades (éste es el orden dinámico) - con timbres y ataques (éste es el orden fonético) - con acentos, arsis y tesis, diferentes tempi (éste es el orden cinemático) - finalmente y sobre todo, con tiempo, divisiones del tiempo, números y duraciones (éste es el orden cuantitativo). No olvidemos que el primer elemento esencial de la música es el ritmo, y que el ritmo es ante todo el cambio de número y de duración. Supongamos que sólo hay un evento en todo el universo. Un ataque: hay una eternidad antes, una eternidad después. Un antes, un después, es el nacimiento del Tiempo. Supongamos casi de inmediato, un segundo ataque. Como cada ataque se prolonga con el silencio que le sigue, el segundo será más largo que el primero. Otro número, otra duración, este es el nacimiento del Ritmo.