Últimamente mis viajes a la ciudad de Buenos Aires son cada vez más recurrentes y el camino entre la Plaza de Mayo y el Congreso de la Nación se convirtió en un paisaje habitual. En esas largas caminatas de movilización popular suelo iniciar conversaciones con mis compañeros para alivianar el momento: que el Art Nouveau… que el Palacio Barolo… que la Pirámide de Mayo. Charlas en donde muchas veces la historia del arte y la política se entremezclan. De todos esos edificios y monumentos, el que siempre resulta mencionado es el antiguo edificio de Obras Públicas, un rascacielos de más de 90 metros. Molesta y atrae a la vez porque es imposible no levantar la mirada para apreciar las enormes estructuras de hierro que con unas simples líneas forman en ambos lados del edificio el rostro de Eva Perón. Desde Av. de Mayo se puede observar a Eva de perfil con su micrófono, y en el lado opuesto de la construcción, está Eva de La razón de mi vida (1951). Múltiples son las imágenes de Eva que acompañan nuestra cotidianidad visual. Está presente en un stencil, en una remera, en el edificio en el que anunció su candidatura a vicepresidenta. Ayer y hoy. Mi favorita es cuando aparece en banderas flameantes con el cabello suelto y una sonrisa. "Iconic” me dijo un compañero mientras le sacaba una foto al mencionado edificio con un atardecer de fondo, y me quede pensando en esta palabra. ¿Cómo es que una imagen se vuelve un ícono? Tiene que ver con su fácil reconocimiento, y en el caso de Eva esas imágenes tienen en común una intrépida vitalidad que trascendió el tiempo, pero ¿a qué responde la insistencia de esas imágenes? ¿Por qué, entre tantas posibles, algunas terminan fijándose con mayor fuerza en la memoria colectiva?