Los coleccionistas de mariposas usan alfileres. Perforan el tórax del insecto, justo en el centro donde se cruzan las alas, lo clavan: una crucifixión inversa en una superficie de corcho blanco. Luego se les asigna un nombre científico en griego o en latín, una fecha de captura y algunas coordenadas geográficas. El alfiler sostiene todo esto mientras mantiene al insecto en una posición desconocida durante su vida; sus alas están desplegadas con el cuerpo inmóvil; el revoloteo es ahora un vuelo congelado. La aguja pincha, pero no sólo eso, también mata, posee, fija y mantiene. Capturar parece hasta acá la solución a nuestros deseos; ya no está tan lejos aquella zanahoria que se alejaba al perseguirla embobados: pero este (el que tenemos) no es el deseo que se satisface. Hay siempre algo lejos, un núcleo opaco que rehuye como una tortuga de carey a las fosas profundas del mar: capturar mata aquello que se desea. La entomología se inventó a sí misma como ciencia, pero funciona como fetiche; en ella el vuelo perpetuo es la quietud pinchada con alfileres. En los jardines botánicos del siglo XIX había secciones enteras dedicadas a plantas venenosas. Había algo irresistible en la idea de que la belleza pudiera matar. Los visitantes se paseaban entre la belladona y la adelfa como quien recorría un harén: mirando lo prohibido bajo el pretexto de la educación. En lenguas muertas, cada plaquita operaba como permiso, un salvoconducto moral; el espectador podía quedarse todo lo que quisiera contemplando una flor que frenaba el corazón, siempre y cuando se aprendiera. Hay algo así de hermoso también con los balcones de los edificios altos en las grandes ciudades, que te acercan a una vista extacotidiana, una mirada propia de Dios, casi omnipresente, justo en el mismo lugar donde puede ocurrir la muerte.