Desde un primer momento el pensamiento ilustrado de Occidente se auto posicionó como fuente inagotable de conocimiento universal. Por consiguiente, se consideró a todo aquello que fuera "no Occidental” como una fuente de datos sin procesar (Jean Comaroff y John Comaroff, 2013). Para Chatterjee (1997) representante de la Escuela india del Pensamiento Subalterno la teoría euro-norteamericana a menudo sucumbió a la tendencia de tratar la modernidad como si fuera indisociable del surgimiento de la razón ilustrada. En su conjunto, supieron inspirar una misión europea que buscó "emancipar” a la humanidad de su incivil prehistoria, de una vida dominada por la hechicería, el encantamiento y la entropía. Desde la perspectiva occidental el resto del mundo quedó al margen de la modernidad anclado en el pasado. En ese sentido, el camino de una modernidad africana consistiría en la incorporación selectiva de tecnologías, discursos, instituciones modernas de origen occidental, en un universo cultural y político africano, con el fin de alumbrar una modernidad distinta y autónoma. Estos análisis tienen como denominador común la idea de que la modernidad africana está por inventarse, y que debe ser pensada como un feliz injerto a través de la incorporación selectiva de prácticas e instituciones que en principio le son ajenas (Ngango, 1976 y Gilroy, 2010 En: Sarr, 2018)