Es conocido que nuestra evolución macroeconómica es muy problemática desde 2012. Desde entonces al país transita con inflación alta, con estancamiento en su PBI, y con caídas en su PBI por habitante. O sea, que el país transita una definida y persistente senda estanflacionaria.
Como consecuencia de la corrida cambiaria y de las políticas anticorrida (acuerdo con el FMI, restricción fiscal y restricción monetaria), del segundo semestre del año pasado, esa senda se acentuó. La actividad económica baja en los últimos cuatro trimestres, y en marzo se situó interanualmente en un 6,9 menor. Pero tan preocupante como ello es que, a pesar de tan fuerte recesión, la inflación se ha elevado en los últimos 12 meses. Mientras en abril del año pasado interanualmente era de 25,5%, en el reciente abril fue de 55,8%. Es que nuestro proceso inflacionario está plagado de inercias donde los principales precios inerciales (tipo de cambio, salarios, tasas de interés, tarifas públicas, impuestos, combustibles y otros) están permanentemente subiendo.
Estas circunstancias indican que nuestro proceso inflacionario se ha inmunizado peligrosamente de posibles correcciones vía recesión o restricciones monetarias.
En esos doce meses, a medida que la actividad caía y que la inflación aumentaba, se generaba un persistente deterioro en las posibilidades electorales del actual gobierno.