Cuando nos preguntamos sobre los temas de la filosofía en el siglo XXI, una cuestión acuciante es la de la devastación del planeta, con todos los elementos que involucra: desaparición de la biodiversidad; nuevos circuitos del capital que generan violencia; segregación y expulsión de sus habitats, tanto de animales humanos como de animales no humanos; generación de nuevas formas de lazo social a partir de la urgencia de la supervivencia y la prevalencia en varios discursos de las necesidades individuales por encima de las colectivas. Se da asimismo la pervivencia, a pesar de las luchas feministas, de modos patriarcales que siguen presentes en prácticas sociales, laborales, familiares, etc. Arrastramos las grandes luchas del siglo XX con respecto a las cuestiones de colonialismo, sexismo, racismo y especismo, formas todas de desprecio de la otredad que aparentemente deberían estar desmontadas, pero que siguen vigentes, e incluso son reivindicadas por algunos movimientos políticos. Es en este contexto problemático que me gustaría plantear la cuestión de los animales no humanos, ya que considero que la violencia ejercida sobre ellos tiene raíces solidarias con las otras formas de desprecio a la otredad. Tomaré los conceptos de hematohomocentrismo de Derrida y de capitaloceno de Andreas Malm, desarrollado por Jason Moore, para pensar la problemática animalista en el siglo XXI.