Desde 2020, la región del Medio Oriente y Norte de África (MENA, por sus siglas en inglés) ha atravesado una etapa de profunda reconfiguración geopolítica y geoeconómica, impulsada por el repliegue parcial de Estados Unidos, el avance de potencias extra-regionales como China y Rusia, y el fortalecimiento de actores regionales. En este marco, y desde la llegada al poder de Abdel Fattah Al-Sisi en el año 2014, Egipto ha buscado consolidarse como una potencia regional indispensable a través de una nueva doctrina de política exterior denominada ‘Egypt First’. Sin embargo, estos esfuerzos enfrentan limitaciones estructurales significativas derivadas de la dependencia financiera externa, el autoritarismo consolidado del régimen de Al-Sisi y la centralidad del aparato militar en la toma de decisiones económicas y diplomáticas.
Este trabajo se propone analizar los márgenes reales de autonomía de Egipto en el nuevo orden regional actual. Para ello, se exploran tanto sus movimientos recientes de política exterior —como su adhesión a los BRICS, su rol en el Foro de Gas del Mediterráneo Oriental, y su intento de integrarse al corredor India–Medio Oriente–Europa (IMEC)— como sus exclusiones (IMEC, INSTC) y sus vínculos con actores del Golfo. Se argumenta que Egipto oscila entre la aspiración a ocupar un rol pívot en el Sur Global y el riesgo de una creciente marginalización.
El estudio concluye que el caso egipcio refleja las tensiones más amplias que enfrentan las potencias medianas del Sur Global: actuar con agencia en un orden internacional en transición, pero dentro de márgenes de maniobra acotados por vulnerabilidades internas y jerarquías persistentes en la arquitectura global. Egipto encarna una paradoja: aunque posee un alto potencial geopolítico y geoeconómico, enfrenta obstáculos internos —como la fragilidad macroeconómica y el predominio del sector militar— que limitan su capacidad de proyectarse como actor pívot en las nuevas configuraciones regionales.