La teoría y la política económica argentina de las últimas décadas han oscilado entre la adoración irrestricta del mercado como asignador de recursos y motor de la inversión privada, y la exaltación del Estado como redistribuidor de ingresos y promotor del desarrollo. No es que ambas interpretaciones de la realidad y sus recomendaciones derivadas hayan resultado inocentes: ganancias extraordinarias se han obtenido en base a la concentración económica resultante de la primera visión, "neoliberal”, como en la segunda o "nacional”, montada en la inexorable - y a veces buscada - zoncera de un Estado al que se imagina líder, pero que termina siendo poco más que un distribuidor anárquico, valga la paradoja, de cuasi-rentas y privilegios sin contrapartida.