La evolución de los textos que se consideran comúnmente como parte de la ‘biblioteca hebrea’, como es bien sabido, se dilata a lo largo de múltiples condiciones contextuales que los fueron influenciando de una forma o de otra. Suceso que los afectó particularmente cuando el pueblo de Israel se halló bajo el yugo de alguna potencia extrtanjera. En estos casos, como lo atestiguan los testimonios de aquellas épocas, la cultura de la civilización dominante devino un molde en el cual hacer encajar los diversos relatos tradicionales, los compendios legales e, incluso, las crónicas de los hechos ‘presentes’. Al mismo tiempo, semejante adaptación cobró tal importancia que, en muchos casos, la versión hebrea se alzó con un aura de originalidad tan fuerte que, de esa manera, se erigió como el modelo de cierta clase de textualidades en lugar de, simplemente, ser un ejemplo de cómo la interrelación entre dos tradiciones compositivas puede generar un ejemplo novedoso en el colectivo de llegada. Si se considera el desarrollo histórico del pueblo hebreo y las veces en que se vio limitado en su autonomía, es posible identificar, al menos, dos grandes momentos en que esta situación se extendió lo suficiente en el tiempo como para gestar una ‘escuela’ de pensamiento o creación textual.