La pregunta por la verdad nunca tuvo respuestas unánimes. Y es posible que todas las respuestas tengan algo de razón. No es posible negar que la verdad tenga un aspecto proposicional; pero reducirla a la proposición deja sin explicar cantidad de fenómenos comunicacionales y políticos. Tampoco se puede negar su aspecto práctico; pero reducirla a intenciones personales o interpretaciones livianamente históricas habilita un relativismo simplista y peligrosamente ingenuo. Atar la verdad a la fidelidad de los hechos conduce a un positivismo suficientemente puesto en discusión; pero despojarla de toda factualidad, de toda conexión con la realidad (sea ésta lo que fuere), la achata y le quita interés incluso como ficción. En síntesis, es posible que una exploración concienzuda de la verdad no pueda obviar ninguna perspectiva de abordaje.