En un breve relato de 1985 la escritora estadounidense Úrsula Le Guin reescribe, con un irónico humor feminista, el mito fundador de la relación entre el hombre y la naturaleza. Esta fundación bíblica se arraiga sobre dos supuestos fundamentales: el valor supremo del Hombre en la clasificación jerárquica de los habitantes del mundo, que justifica el dominio y disposición frente a los mismos; y, la superioridad de un tipo de hombre, sobretodo, sobre el género femenino de su misma especie. A esta organización naturalizada al hartazgo se le ha dado el nombre general de antropocentrismo y patriarcado, respectivamente. En el relato de Le Guin, She unnamed them (1995), esta alianza se funda a su vez en el poder del lenguaje: la narradora va deshaciendo los nombres del gran mundo del reino animal hasta llegar al de ella misma, que dado la alusión a Adán hacia el final del cuento, podemos interpretar que se trata de Eva. Esta alianza entre antropocentrismo y patriarcado no se evidencia en el poder de nombrar en sí mismo, sino en los valores jerárquicos que parecen tener perse los cuerpos que los nombres designan y en la organización arbitraria de las relaciones y disposiciones del mundo. A esta organización, a su vez, aunque no en los términos de una alianza antropocéntrica y patriarcal, Aníbal Quijano (1992) la llamó patrón mundial de poder, mostrando el núcleo duro racial de la estructuración imperial del mundo globalizado, que María Lugones (2008) recogiendo el neologismo ya existente y ampliando el análisis de Quijano, llamó sistema moderno-colonial de género.