La materia de la instrucción pública es por demás delicada y de importancia en en el desenvolvimiento político y social de los pueblos, especialmente en los pueblos nuevos, de aquellos que como la República Argentina han salido de un largo tutelaje para caer poco despulo en los excesos de la guerra civil y en las monstruosidades de una tiranía luctuosa, antes de alcanzar su verdadera organización como estado independiente y soberano.
Apenas nos separan 70 años de Caseros y de la Convención Nacional del 53 que son los puntos de arranque de nuestra consolidación nacional y debemos sentirnos gratos en reconocer los progresos realizados en nuestra tierra para la mejor y más pronta difusión de la enseñanza popular, que nos libra de los efectos de la ignorancia "la peor de las servidumbres y la bestia de carga sobre la que trepan todos los vicios, todas las teocracias y todas las tiranías".
Verdad es que el espíritu argentino se ha hecho sentir en todo su vigor, como avergonzado tal vez de la misma lentitud con que hemos marchado durante medio siglo y el genio nacional ha extendido su vuelo en beneficio de la instrucción del pueblo.
La instrucción nacional tiene sus apóstoles en Rivadavia,Sarmiento, Nicolás Avellaneda y Onésimo Leguizamón y sus mejores obreros en Estrada, Wilde y Filemón Rosse que tocen oir su palabra elocuente en el Parlamento y en la Cátedra, hacen prácticos sus bellos ideales en el Gobierno y se esfuerzan por dar a nuestro país un puesto espectable, pensando sin duda que el pueblo que tenga mejores escuelas será el más rico, libre y poderoso, "porque la instrucción, es bienestar, riqueza y libertad, y la ignorancia miseria, superstición y servidumbre.