De las cuestiones perennes de la filosofía -la verdad, el ser y su origen, el tiempo, Dios, la finitud, entre otras- ninguna ocupa un lugar tan dramaticamente central como la problemática que el hombre se plantea acerca de su íntima naturaleza. Es como si el resto de las cuestiones partiera de esta, como del centro de un haz de rayos que incesantemente se multiplican. Y esto sucede porque como decía Aristóteles meditar es hacer un recorrido, es progresar hacia el núcleo de nosotros mismos, hacia nuestra esencia.