El presente trabajo se propone demostrar la existencia de una pintura nacional argentina. No ignora su autor que se trata de una tarea por demás ambiciosa, ni desestima la parte discutible que restringe el alcance de su afirmación liminar: precisamente en ello radica su carácter de tesis.
Negar sin más la realidad de un arte argentino es como negar la evidencia de la Nación misma. Afortunadamente, los intentos de un trasplante masivo de arte extranjero, efectuados en los últimos veinte años, si bien nos colocan en un plano de técnicas acordes con los adelantos del veleidoso siglo XX, no nos han dado en cambio una producción acepta al sentimiento de los argentinos. Arte excesivamente de minorías, arte de evasión, sus inquietudes nativas en países triturados por desilusiones y sacudimientos apocalípticos no pasan entre nosotros de un mero ejercicio retórico, Inversamente, la actividad de muchos artistas criollos se ha traducido a veces en obras representativas de nuestro ser nacional, que no se concebirían sino como trasplante retorico en otros países del mundo.
De un modo implícito, pues, esta tesis sugiere una vuelta a la pintura nacional que la figura de Fernando Fader, entre otras, realiza en profundo. A este respecto, presume también de haber traído otro enfoque -con una inquietud nueva y sobre todo imparcial-, de ese maestro que, hacia el tercer lustro de su ocaso, reclamaba la valoración sin prejuicios que, por una razón humana, sus contemporáneos le negaron.