La inserción de la Iglesia en la sociedad y la economía colonial configura uno de los temas más importantes de la historia latinoamericana así como el correlato del papel central jugado por ella en la vida religiosa y cultural del Nuevo Mundo. La extendida labor misional que desplegaron algunas de sus órdenes religiosas, su posición no menos dominante en el manejo del sistema educativo y su virtual monopolio de la caridad institucionalizada, así como su participación descollante en la prestación del servicio hospitalario, resultan impensables sin una sólida base económica que proporcionara los ingresos y rentas necesarios para financiar aquella múltiple y costosa red de actividades. A los ingresos provenientes de su propia función, el clero, en especial el clero regular, sumó bien pronto otros más importantes, derivados, en ocasiones, de una densa trama de empresas y actividades económicas en que fue paulatinamente envolviéndose para asegurar no sólo su autonomía sino también la expansión de sus funciones extra económicas. Las órdenes religiosas, y desde luego las mendicantes, no dejaron así de hacerse de un patrimonio propio que si bien solía formarse a partir de donaciones y fundaciones piadosas, no dejaba por ello de ser incrementado por una política de inversiones que tendía a ampliar y diversificar la riqueza conventual y su participación en la economía colonial.