Pasaron tres meses desde que el primer caso de coronavirus se detectó en Italia y setenta días desde el primer decreto que instituyó la cuarentena y definió como “zona roja” a las Regiones del Norte del país, aislándolas para evitar la difusión de los casos en todo el territorio nacional. Tres meses que se caracterizaron por un derrumbe de todas las certezas que poseíamos a nivel personal y social, dando paso a una incertidumbre que parece terminar solo ahora, a mediados de mayo, con el anuncio oficial de la flexibilización de las medidas de contención del virus. Inicialmente, la preocupación no era grave porque las pocas personas que hasta el momento habían resultado positivas habían estado en China y no se encontraban en riesgo de vida. Pero el jueves 20 de febrero, luego de que un hombre de 38 años (el Paciente 1) fuese internado en condiciones muy graves en Codogno, Lombardía, todo cambió: en menos de un día se descubrieron al menos 20 infectados en el Norte de Italia y en pequeños pueblos en los cuales la cadena de contagio y el vínculo con los casos en China no eran (ni lo son todavía) claros.