No estoy seguro de que esa frase sea la mejor para caracterizarlo. Después de todo, no llegué a conocerlo tanto. Sin embargo, son las palabras que me vienen a la mente cuando pienso en él y recuerdo su caminar con alguna dificultad, siempre erguido, caballeresco. Cargaba con un viejo portafolios de cuero lleno de libros marcados, engrosados por señaladores de papel. Esperaban allí el momento oportuno en el que su dueño acudiera al auxilio de sus letras en una clase. “¡¡Hoola, cómo le va, estimado amigo!!” me decía, sonriente. Así es, en los últimos cinco o seis años habíamos comenzado una amistad con el Profesor Ricardo Rodríguez Molas (1930-2006), todo un caballero.
Nunca cursé su materia; escuché algunas de sus ponencias, y sus escritos no me despertaron particular interés, excepto cuando lograba diferenciarme de sus postulados y conclusiones. No temo equivocarme si afirmo que Rodríguez Molas fue pionero en el tratamiento de varios temas escasamente abordados por la literatura histórica, mas allá del juicio que a los historiadores nos merezcan. No es el propósito de estas líneas ocuparme de sus obras, sino el de recordarlo apelando a una pequeña parte de nuestros diálogos.