Este hombre de amplia cultura clásica y moderna era el íntimo artista atento a las más sutiles vibraciones del espíritu humano. Vino fraternalmente hacia nosotros desde el silencio de las serranías donde la tradición, la leyenda y el paisaje se compenetran. Los peñascos, las cimas nevadas, los antiguos pueblos, dejaron en González una persistente visión de patria vieja. El la vió en el hogar, en el muro derruido: y ahí en esa tradición fluyente, en esa quietud de la piedra y del cielo, se inició en aquel largo estudio que no dejó de enamorarse de ningún aspecto del pensamiento y la belleza. Era un humanista del Renacimiento este hidalgo entregado a su labor espiritual y cuya fisonomía empezó a semejarse en la vejez a una figura del Greco. Su palabra indecisa íbase ahondando y llegaba en la intimidad a la expresión enternecida de su sentimiento. Al traducir el retrato de un estadista de la patria de Gladstone y Macaulay, González, sin pensar, se pintó a sí mismo: «Ningún hombre pudo contar jamás con un amigo más leal y más honesto ni más generoso, ni más abnegado que él... No fué orador; sus discursos no incitaban siempre a la atención; pero no hubo otro alguno que fuese escuchado con más veneración y respeto. Lo más notable en él fué su sencillez, su candor, la rectitud de su carácter.»