Después de varios decenios de ahincada y perseverante dedicación a la llamada «psicología experimenta!», algunos de sus más entusiastas cultores hanse visto forzados a reconocer, ora tácita, ora expresamente, que los resultados obtenidos no se mantienen, ni remotamente, a la altura de las esperanzas en ella depositada.
Cuando un abanderado de la psicología experimental tan autorizado como Binet, declara que «parece haberse comprendido que es por un número inmenso de procedimientos distintos, e independientes unos de otros, cómo puede penetrarse en el interior del espíritu», y cuando confiesa que llegada la hora de la síntesis ésta «será difícil por tres motivos principales: la cantidad numérica de los documentos, su heterogeneidad y su valor muy desigual», justificase que algunos psicólogos, menos comprometidos en esa corriente, nieguen la posibilidad de tal síntesis, ya que ninguna síntesis puede realizarse sobre la base de una enorme suma de experimentos inconexos, cuando no contradictorios. Explícase así que ciertos autores hablen de «la crisis de la psicología experimental» y busquen nuevas vías experimentales, más seguras, a la psicología.