Es una tarde fría, pero luminosa y diáfana. El gran gigante andino que emerge en la más próxima línea del horizonte, y sobre un azul celeste purísimo, está presente ahí: blancas las cimas, entre gris y topo las inmensas laderas, que se antojan una sucesión ascendente de lomos encorvados...
Estoy a la entrada de una calleja estrecha y recta, y advierto que desde el pavimento hasta la arquitectura de las casas, todo sabe a ambiente colonial. De pronto mi acompañante se detiene.
Hemos llegado, me dice: Aquí vive don José Toribio.
Me detengo, también. Llamamos a un portal, y un minuto más tarde estamos en una sala cuya penumbra me hace pensar en el locutorio de un convento. Y mientras aguardamos, mi espíritu se escapa a la calle luminosa, se pasea por la campiña que circunda a la ciudad de Santiago, y como revolotea por los admirables paisajes que horas antes contemplara desde el cerro San Cristóbal...