El hombre no puede salir de sí mismo. No puede, por lo tanto, afirmar nada fuera de las apariencias entre las cuales vive. De suerte que, por de pronto, las cuestiones relativas a la existencia del mundo exterior, a la existencia de un ser en sí, a la libertad, al destino supraterreno del espíritu y otras, son insolubles. Si el hombre se atuviera a los datos del conocimiento puro, debería limitarse a constatar en sí mismo un sistema de formas mentales destinadas a deformar el ser y a dibujar un horizonte de perspectivas ilimitadas y falaces.