«Mi pasión de la basura», enunció Almafuerte en uno de sus más populares poemas. Espíritu de cerebración universal, repugnante a lo relativo caducable, en esta sentencia nos da lo esencial de su criterio. Ella ilumina su obra entera de «demócrata sublime» como el vasto horizonte tenebroso el relampagueo de una noche de estío. A semejanza de Lyell en lo físico, nuestro poeta, en lo moral, parte de lo mínimo para explicar las supremas rotaciones de la ética, la metafísica y la historia. Con lira de llamas celebrará la procesión genésica de la «chusma sagrada» y cantará el residuo de la majestad humana del réprobo, la última partícula voluntaria del alma cobarde, el toque de luz latente en toda lobreguez interior, al para siempre vencido...