Debemos confesarlo. Antes de que el conocimiento de los azares de su vida nos forzase a la admiración por su tenacidad, por su modestia y por su desinterés, ya se nos había hecho simpático por la varonil arrogancia de su cabeza de mariscal napoleónico. Era una tarde. Acabábamos de conseguir un ejemplar de Les hommes fossiles de Marcellin Boule, el sabio paleontólogo humano. Lo ojeábamos con esa comezón del lector de buena ley que quisiese leer todo de una sola vez, cuando apareció ante nuestros ojos esa cabeza enhiesta, llena de prestancia.