En la larga teoría de vírgenes mártires que remontan los senderos de la historia o de la leyenda, ninguna turba más que Antígona. Ella encarna el amor de la familia en el hogar antiguo. Sobre la escena griega prolonga y perpetúa el sentimiento filial, a la manera que la rama prolonga y perpetúa al árbol.
En Antígona la sangre canta un himno de solidaridad y se ofrece, por la primera vez, en holocausto voluntario.
Hija de un incesto que ella misma ignora, acompaña a su viejo padre en el destierro, tan silenciosamente como la sombra acompaña al cuerpo. Su espalda juvenil, que la intemperie abruma, forma el báculo del anciano. Sus ojos avisores, reemplazan las pupilas del progenitor desgraciado.
Vémos así, al grupo elegiaco, recorrer los caminos del destierro, marchando a tientas y solicitando del pasante la limosna tardía.