Al ver en la revista Humanidades simpatías con el tema que me halaga, el de fundamentar nuestro léxico argentino con documentación histórica, accedo a la colaboración, insistiendo en mi tesis; la cual va corroborada en síntesis en las líneas de la unísona vibración que leo en los textos con que encabezo mi artículo.
En otras publicaciones tengo ensayadas prácticamente varias indicaciones de estudios filológicos: pero en esta ocasión inicio el aporte de otra exposición que mucho aprecio y con que contribuyo a la polémica que, sin dejar de ser quisquillosa por el asunto y sus propiciadores, se va urdiendo en la capital argentina.
En un archivo, que recién he logrado penetrar, he dado con un expediente que me da preciado material para el tópico literario-filológico de que se trata.
Es una de esas piezas de carácter íntimo y doméstico que habla en el propio lenguaje familiar. Abarca el diario de unos diez años, usa de términos privativos y pertenece al primer siglo o comienzo del segundo de nuestra existencia histórica.
El cuaderno es doble o duplicado, el uno anota los gastos extraordinarios, el otro apunta los gastos diarios de víveres que se hicieron en el Seminario de Santiago del Estero.