Por un privilegio que el examen desentraña enseguida, los diminutivos han sido los únicos elementos lingüísticos a los que los gramáticos han reconocido motu proprio un contenido que no siempre es meramente lógico: casucha, mujerzuela, están clasificados como despectivos o peyorativos; casita, mujercita, son términos cariñosos. Frente a casa, mujer, no representan tanto diferentes juicios lógicos como diferentes juicios de valor. Aunque basados en diferencias que tenemos por objetivas, mujerzuela y mujercita ponen en primer plano nuestra subjetiva actitud valorativa. En resumen: la doble cara de los símbolos idiomáticos, que podríamos llamar significativa y expresiva, la que indica el objeto representado y la que denuncia la reacción de nuestra sensibilidad ante tal representación, ha sido ya, de muchos siglos atrás, vagamente entrevista en los diminutivos. Esto ha permitido explicar con juzteza muchas formas.