Podemos empezar afirmando que en el campo de la didáctica de la literatura, hace décadas que se viene hablando de los mismos problemas que giran en torno a cuál es la mejor definición de literatura para llevar al aula, qué textos literarios seleccionar para incorporar en cada año, cómo motivar a los y las adolescentes que no leen, de qué manera trabajar la “comprensión lectora”, cómo “construir” a los y las jóvenes en lectores/as críticos/as y prepararlos/as así para el ejercicio de la ciudadanía, qué consignas de escritura y lectura literarias proponer; entre muchas otras cuestiones que se plantean como problemáticas, fundamentalmente, desde la mirada de los especialistas, los Diseños Curriculares y la formación docente; aunque incluso también desde los/as mismos/as educadores/as que suelen manifestar su preocupación en capacitaciones, jornadas y salas de profesores/as. Ante este estado de cosas, cabe preguntarse, entonces, “qué es lo que ´fallaría´ para que se siga interpretando (…) que esos problemas históricos en cuanto persistirían requieren de su insistencia en su formulación y mismos tratamientos” (Cuesta en Troglia, 2019, p. 3).
Teniendo en cuenta lo expuesto anteriormente es que el presente trabajo procurará recorrer los principales aportes de la didáctica de la literatura de perspectiva etnográfica, dado que entendemos que hoy se presenta, en nuestro país, como alternativa a la perspectiva sociocultural que, si bien es la que viene dominando la escena desde hace dos décadas, ha mostrado cierto estancamiento al no poder ofrecer respuestas superadoras a esas problemáticas que persisten a pesar del paso del tiempo. Este desgaste termina por plasmar una mirada negativa de la escuela, del trabajo docente y de las y los estudiantes porque, por un lado, la juventud siempre suele ser presentada por sus carencias ya que las y los adolescentes son esos sujetos que hay que “moldear”, “construir” y sacar, a través de la lectura y escritura literarias, de esa supuesta pasividad en la que los sume la televisión, los videojuegos y las redes sociales; y, a su vez, los y las profesores/as siempre son quienes no están trabajando de manera correcta para conseguir esos objetivos (Dubin, 2019).