Ya han transcurrido más 500 días desde la invasión rusa a Ucrania. La supuesta “operación militar especial”, que preveía inicialmente llegar a Kiev en pocas semanas, se ha prolongado mucho más de la cuenta, y parece (ahora mismo) encontrase en una suerte de punto muerto. Los llamados a la paz (hasta ahora) han sido desoídos, y muchos de ellos han generado enormes costos políticos para quienes deseaban ofrecer sus buenos oficios (por ejemplo, para el presidente brasileño, Luis Inácio Lula da Silva o, en alguna medida, los propuestos por Beijing) debido a los términos y condiciones en los que eran planteados.
Mientras tanto, la tan anunciada “ofensiva de primavera” del ejército defensor llena de suspenso a la comunidad internacional. Quizás para generar un efecto teatral cuando ella se iniciara, o más que nada, por la demora de Occidente en proveer el armamento que Ucrania demanda hace meses (por ejemplo, los cazas de nueva generación que se esperan hace mucho en la tierra del trigo).
Sin que nada de ello deje de ser un tema secundario en la Agenda Internacional, hace unos días el mundo se vio conmocionado por un suceso imprevisible (aunque todos los caminos, como se sabe, conducen a Roma): el levantamiento contra las autoridades de Moscú del ejército privado (grupo mercenario, para llamarlo por su nombre) Wagner. El día 23 de junio de 2023 todas las cámaras apuntaron hacia el frente de batalla para ver como fuerzas armadas se dirigían desde Ucrania hacia la capital de la Federación Rusa, con la paradoja de que no eran los ucranianos invadiendo a su agresor, sino parte de las tropas que combaten en su pequeño vecino occidental para dirigirse contra quien lo contrató... ¿Qué fue lo que pasó?