Miembros del Club Andinista de Mendoza hallaron en Enero de 1985 una “momia” (Es decir, un fardo funerario más o menos bien conservado, correspondiente a un niño), en un sitio ubicado a unos 5300 metros en el flanco sudoeste del Aconcagua, el cerro más alto de América. En los últimos días del mismo mes, una expedición del Instituto del Arqueología y Etnología de la Universidad Nacional de Cuyo, encabezada por el primer autor y que contó con la colaboración de algunos de los andinistas descubridores, llegó también al sitio. En las excavaciones practicadas después de retirar el fardo de su ubicación semienterrada, aparecieron a corta distancia de aquél seis estatuillas, tres humanas y tres de auquénidos (llamitas), de típico estilo incaico. Se hallaban colocadas directamente en un relleno de tierra, colocado intencionalmente sobre el piso original, y dentro del cual también estaba ubicado originariamente la “momia”. Afortunadamente, esta parte del terreno no estaba tan endurecido por el congelamiento –verdadero “permafrost”- como aquella en la que afloraba el fardo funerario, y por lo tanto su excavación no presentó mayores problemas técnicos.