A partir del “descubrimiento” del Nuevo Mundo por Colón en 1492, los europeos ilustrados buscaron una explicación para el origen de sus habitantes en las fuentes históricas por excelencia de la época: las Sagradas Escrituras. Así, durante unos 300 años la interpretación más favorecida fue que los nativos del Nuevo Mundo debían ser descendientes de las Diez Tribus Perdidas de Israel, aunque también se postularon ancestros fenicios, egipcios, griegos, troyanos, romanos, etruscos, tártaros, irlandeses, galeses, vikingos, vascos, portugueses e incluso sobrevivientes del continente perdido de la Atlántida, entre otros (Meltzer 1994). Entre mediados y fines del siglo XVIII naturalistas como el Conde de Buffon y Blumenbach reconocieron las similitudes de, y postularon parentescos entre, los indígenas americanos y grupos mongoloides como tártaros, chinos y japoneses (Crawford 1998).
Pero es con el desarrollo de los estudios científicos modernos, realizados a lo largo de los últimos 120 años, que la cuestión del origen y antigüedad del hombre americano se ha visto enormemente beneficiada. Sin los aportes de disciplinas como la Arqueología, la Lingüística, la Antropología Biológica, la Geología y la Paleontología, nuestro conocimiento sobre la más moderna de las expansiones continentales de nuestra especie no pasaría de ser de mera especulación.