El carácter incompleto de su conformación como una unidad nacional es, sin duda, uno de los problemas fundamentales de Bolivia. Y ello, como es obvio, condiciona de manera negativa su presente y sus posibilidades de futuro. Pero, ¿se podrá decir que esa insuficiencia congénita del país lo inhabilita de forma definitiva, o más bien habrá alguna alternativa para construir un porvenir compartido, especialmente hoy que la globalización presenta nuevos e improrrogables retos? Dar contestación a este dilema no es fácil, sobre todo porque movimientos y dinámicas sociales de la actualidad boliviana traducen pugnas de intereses focalizados, o de orden coyuntural, que no permiten avizorar el panorama integral.
A pesar de ello, lo que parece más razonable es tratar de alcanzar, en democracia, una subjetividad unificadora que sea capaz de convertir la continuidad territorial y la tradición histórica que demarcan al país en una sinergia productiva de finalidades y fuerzas interregionales, interculturales e intergeneracionales. Esto demanda que se potencie el sistema democrático como el mejor dispositivo de gestión de la diferencia y el conflicto, que se consolide la institucionalidad política correspondiente y que se desarrolle una “cultura de convivencia con el otro”, es decir, una comunidad ciudadana con un imaginario y un proyecto nacionales.
En este contexto, los medios masivos en general, pero en especial la prensa, tienen un papel central que desempeñar pues, dado lo apremiante de las circunstancias, están prácticamente obligados a optar por apuntalar este diseño democrático para una nación probable o, al contrario, por alentar la lógica de la fragmentación que tarde o temprano puede desembocar en una disolución no sólo subjetiva sino incluso física y política de lo nacional.
Y es en el centro de esta disyuntiva donde aparece situada la cuestión del tratamiento periodístico del racismo.