Las tres preguntas deben ser respondidas en al menos tres dimensiones: primero, ¿Qué es la lectura como tal, en cuanto actividad que involucra las funciones cognitivas y el cuerpo? En segundo lugar, ¿qué ha sido la lectura históricamente?, ¿cómo ha evolucionado, cómo ha sido usada, por quién, con qué efectos y en qué contextos? Finalmente, ¿cuál podría ser su condición actual y su futuro? Responder estas preguntas sólo al primer nivel sería pensar que, en cuanto práctica, la lectura ha sido siempre la misma, con la misma función en la vida cognitiva y emocional de los lectores, y sin variaciones históricas en sus usos por múltiples actores (entre ellos gobiernos nacionales, iglesias, movimientos sociales, etc.) en numerosos contextos geoculturales e institucionales (Poblete 2004a). Responder las preguntas sólo al segundo nivel, por otro lado, ha significado con frecuencia dar por descontado cuál era la naturaleza de la práctica de lectura involucrada. Hoy en día ello significaría ignorar los avances en los campos de estudios tecnológicos, de cognición y de neurociencia y lo que dichos estudios nos señalan acerca de las consecuencias de la lectura al nivel cerebral y en cuanto práctica que supone diferentes interfaces entre las tecnologías y los seres humanos. La respuesta a la tercera dimensión involucrará distinguir entre lectura profunda (deep reading) e hiperlectura (hyper reading) en tanto prácticas específicas de atención a ciertos materiales escritos en diferentes medios. Estas formas de lectura, a su vez, han sido desarrolladas históricamente en conexión con prácticas sociales e instituciones específicas. Una respuesta adecuada sobre su futuro en la educación literaria debe reconocer estas genealogías si quiere ser productiva y no simplemente reactiva.