La última y más urgente de las experiencias a las que estuve enfrentado mientras compartía responsabilidades en el gobierno de la facultad de Ciencias Físicomatemáticas fue la del reajuste de sus planes de estudios, con propósitos de hacer posible la continuación ordenada de los esfuerzos por parte de los cinco millares de estudiantes que canalizaban su vocación en la ingeniería.
Muchos profesionales maduros se asombrarían ante la reaparición de problemas que ya en su época de estudiantes se tenían por resueltos o por lo menos en irreversible camino de solución. Pero no solamente están así; están, además, peor. La enseñanza de la ingeniería promovida en los llamados planes de 1949 y de 1953 no ha dado con su orientación cabal. Se pretendió ubicarla paralelamente a la evolución tecnológica, que es el signo de estos tiempos; pero así como por circunstancias características de aquel intervalo el verdadero progreso estaba impedido, así aquellos planes resultaron un fracaso, muy lamentable por sus consecuencias. La evolución tecnológica es algo que se mueve en un plano distinto del de la evolución tecnocrática, que es donde se había ubicado el problema que nos ocupa. Aquélla refleja el cambio de los instrumentos que el hombre crea para servirse de las leyes de la naturaleza; la evolución tecnocrática refleja los cambios que el sistema del hombre sufre por inversión de las acciones. La primera es un hecho que podemos mirar como natural y positivo por cuanto no se lleva a cabo a expensas de los valores anímicos y, en vez, nos capacita para evolucionar posteriormente en el puro plano de la esencia humana. La otra produce una deformación de nuestra estructura mental y subsecuentemente moral, debida a las solicitaciones unilaterales de la técnica.